A medida que voy realizando sesiones y más sesiones de coaching, me doy cuenta de forma cada vez más rotunda que se repite cliente tras cliente lo que yo denomino “profundidad en la esencia”. Como cada cliente es diferente y cada uno tiene su proceso, soy espectadora de este fenómeno en distintas etapas del mismo. Ahora bien, sin llegar a éste, no es posible el cambio ni la transformación.

Este momento es el que tiene que ver con poner freno al ritmo vertiginoso en el cual quien más o menos cae en su día a día. Este ritmo que vamos integrando de manera inconsciente, como dejados llevar por una fuerza invisible que nos hace actuar demasiadas veces de forma automática. Y esto incluye los pensamientos sobre nosotros mismos. Pensamientos que a veces son restrictivos, rígidos, duros, marcados por la exigencia de lo que tendríamos que hacer o cómo tendríamos que ser y que consecuentemente nos generan emociones poco liberadoras. Una de las ventajas del coaching es poner una gran señal de STOP a este devenir automático y profundizar en la persona que tengo delante.

Entonces es cuando aparece la LUZ. Y el SILENCIO. Y la REFLEXIÓN. Y la “profundidad en la esencia”. Y una serenidad que sí es común a todos los clientes, lo que me hace pensar que cuando se llega a este punto es porque se ha tocado la auténtica potencia de la persona.

A la “profundidad en la esencia” solo se llega a través del camino de la consciencia, esta que nos permite descubrir qué me hace vibrar, qué me hace reír, sentirme vital, divertirme, apasionarme. Si se pone la atención aquí, aparece la conexión con quién soy, de una manera clara. Es como si de repente, se hubieran apagado todos los interruptores del «hacer, hacer, hacer» y se hubieran encendido los del «ser».

Entonces la parte más luminosa de nosotros es cuando aparece.